El arte puro mueve a pensar, conmueve, eleva el espíritu del artista y el del espectador. El arte adulterado vende con prepotencia alguna idea mediante los hechizos de los formatos atractivos, busca que el espectador no avance demasiado con sus propios pensamientos, obliga a adoptar la modalidad que ella predica; el arte adulterado no conmueve ni eleva, embriaga. El empleo de esquematismos a nivel de la Razón, no ya del Entendimiento, hecho que el mismo Kant reconoce como real, es el verdadero (desenmascarado) modus operandi de las arte utilitarias; no obstante, estas artes utilitarias hacen un empleo retorcido de los esquematismos. Así es nomás, y les funciona a las mil maravillas dicho procedimiento, ya que tales esquematismos tienen su principio y su fin en la matriz de la Razón Pura, tal que el pensar modela, a su manera y hasta donde puede, al mismísimo ser. Las artes que no son puras tiene como a priori esos esquematismos, específicamente interesados, para inventarse realidades en vistas a otro fin práctico ulterior. Las artes puras, nacidas de la intuición, de la observación, de alguna peculiaridad hallada, de algún detalle, descubren al esquema incondicionado (y válido) que una imagen alberga de por sí. Mientras las artes impuras toman sus esquematismos como invenciones, las artes puras los adquieren por vía del descubrimiento, tras el trabajo estético del alma.
Dice Husserl que construimos a voluntad, conceptos nuevos sobre conceptos ya formados, y que ésa es una función espontánea del espíritu. Las artes, todas ellas, trabajan sobre dichos conceptos y sus respectivas imágenes, pero nuevamente se abre la brecha entre lo propio y lo impropio en lo artístico: las artes puras dejan que su tránsito sea regido por la espontaneidad del fluir del espíritu; las artes impropias restringen su curso al control de su propia voluntad.
En este mismo punto de los razonamientos, algún lector me preguntará: ¿cómo puede ser que defiendas tanto a las artes propias, si tantas veces juegan , ellas también, con la lógica? Puedo responder a esto. Es verdad que algunas expresiones puramente artísticas, especialmente las más contemporáneas, trasgreden los principios de identidad y de no-contradicción. Es verdad también que desde siempre es posible en el mundo del arte traspasar las fronteras, o rígidas o insípidas, del mundo estrictamente real; sin embargo, las artes auténticas, cuando saltan por encima de esas fronteras, lo que hacen no es en sí quebrantar la lógica sino al revés, ampliarla, desde ella misma y hasta mucho más allá de ella misma. el arte, por definición, no aporta fotocopias u hologramas de la realidad. El arte destaca en cada caso uno u otro aspecto de la realidad, y para destacar ese aspecto necesita agrandarlo, llevarlo hasta sus últimas consecuencias, aunque ello implique (hablando con frialdad) cierta modificación de los rasgos de la realidad neta. Cualquiera es conciente de las diferencias de formas, de matices, de tiempos y de soluciones, que existen entre el mundo del arte y el mundo real, y nadie podría hoy sostener seriamente que el arte verdadero en sí contribuya a causar malformaciones en nuestra común concepción de las cosas. La literatura fantástica y las películas de ciencia ficción ya no escandalizan tan fácilmente; y nadie en su sano juicio llegaría a confundir la ficción con la realidad. Al contemplar los cuadros de Dalí, aquellos donde aparecen los “relojes blandos”, nadie pondrá en tela de juicio la cualidad metafórica, y exactísima, que se desprende de las imágenes; hasta un niño comprenderá que Dalí señala lo escurridizo, lo implacable y lo inasible de la temporalidad, y a ninguno se le ocurriría que el pintor creyera posible el hecho de que los relojes se derritan solos, porque sí, en medio del desierto, sin causa física aparente. A decir verdad, la mathesis universalis es la clave, tan real como perfecta, para todas las bellas artes; si bien el esqueleto matemático, formal, lógico, es sólo el armazón desnudo que ha de cubrirse con la carne y la sangre que son los sentimientos y las perspectivas en la vida del espíritu, no es menos cierto que toda creación artística, por libérrima que sea, si es de las bellas y excelsas, jamás escapará a la huella de dicha mathesis: recordemos a la armonía para la música, la legalidad lógica par alos argumentos, las leyes de luz y sombra en las artes visuales, entre los ejemplos fundamentales.
Pero un análisis del arte, puro o aplicado, no puede utilizar esquemas lógicos extraños al campo del arte, como tampoco puede añadir entre sus juicios elementos que nada tuvieran que ver con el significado y el fin de dichas artes. Sí se debe criticar cuando las artes proceden de modo tal que acaban quebrantando las leyes que ellas mismas han instituido en su comienzo, y sólo cuando tal quebrantamiento no viene a causa de la evolución natural sino más bien por la insuficiencia de conocimiento, de trabajo, de talento, o hasta de sentido común. No caigamos en la misma falta que la mayoría de los críticos de todos los tiempos; así aconseja Aristóteles en la “Poética”: “… El verdadero modo de interpretación es precisamente opuesto al mencionado por Glaucón. La crítica, éste dice, empuja hacia ciertas conclusiones infundadas; de un juicio adverso se procede a razonar sobre él; y suponiendo que el poeta ha dicho cualquier cosa que (al crítico) se le ocurra pensar, encuentra error si una cosa no es consistente con su propia fantasía …”.
A la lógica en el arte hay que buscarla dentro de la coherencia interna de su mensaje peculiar, y no en la inmediatez del detalle, sea en la imagen, en la frase, o en la trama: es igual que en la música con el uso de ciertas disonancias que, tomadas en bruto, aisladamente, ocasionan rechazo, pero que, incluidas a tiempo dentro del contexto de un modo ordenado, pueden llegar a tornarse bellas, gratas, expresivas, lógicas, y llenas de sentido. Asimismo también tiene que haber una lógica en cuanto mutua correspondencia entre la imagen y el concepto, e igualmente entre sí los diversos componentes de la imagen y los diversos componentes del concepto, tal que puedan ser todos ellos hilvanados como por virtud necesaria de una secuencia natural. De lo contrario, si no se persevera en estas orquestaciones de la lógica, acceder al concepto desde la imagen resulta imposible para el espectador, y así, o la obra de arte, o el mensaje mediático en su defecto, devienen enigmáticos, caóticos, incomprensibles, o sencillamente absurdos.